Durante las fiestas del Sol Cercano, en la mitad del año, había una
jornada en la que todos fingían ser otro. El gobernador adoptaba el
aspecto del humilde barquero, las princesas se hacían pasar por
prostitutas, el vendedor de limones era el director de la escuela de
funcionarios, el viejo mendigo era el vigoroso acróbata.
Todos aprovechaban su paso momentáneo por otras identidades para
cometer excesos y atropellos que no podrían luego serles imputados. Es
que los disfraces no eran meras caricaturas sino representaciones del
más minucioso realismo. Además, el regreso a las personalidades
primigenias se cumplía en soledad y en la alta noche, de modo que nadie
sabía quién había sido quién durante aquellas fiestas.
Con los años, vino a suceder que los disfrazados prolongaban su
impostura más allá de los días establecidos y se entretenían en ocupar
ajenos destinos en cualquier momento del año. Poco a poco, el ser
alguien con un nombre y una ubicación previsible dejó de tener
importancia. Al fin y al cabo, cualquiera podía ser cualquiera y fue
creciendo una idea de noble inspiración filosófica: no es necesario
cargar con el pasado. En una comunidad de identidades mutables el pasado
no es personal sino colectivo. Los sujetos son inconstantes y no puede
caer sobre ellos ni el castigo, ni las deudas, ni las herencias, ni la
nobleza, ni la lealtad.
Tal como cabía esperar, la ausencia de responsabilidades produjo la
degradación de las costumbres. Algunos funcionarios y militares
advirtieron que la ciudad, y aun el imperio, estaban en peligro si se
persistía en aquella insujeción. Pero cuando quisieron prohibir los
disfraces, o imponer leyes severas, observaron que su autoridad era
cuestionada y descubrieron que la mayoría de los funcionarios y
militares eran en realidad personas de otros oficios y clases que se
encontraban casualmente usurpando la autoridad.
Famoso es el poema del general Li, o acaso del trovador Po Chang.
Yo, el general Li, que he sido enviado
Por el Hijo del Cielo a estas regiones
A restituir áureas jerarquías
Quise volver al premio y al castigo
Y al regreso de idénticas caricias
Al lecho persistente y respetado.
Pero cuando avanzaba enarbolando
El bastón de la Ley de esta provincia
A la luz repentina de un recuerdo
Vi que no era un bastón sino una flauta
Lo que mi mano joven sostenía
Y vi que no era yo, Li el delegado,
Sino Po Chang, el trovador borracho
Que se burla del Cielo y de la Vida.
Volví entonces al vicio y al pecado
Y mientras vomitaba en la taberna
Otro general Li y otros soldados
Me encerraron en una oscura celda
Que al rato fue jardín y después campo
Y calle, y río, y cielo, y lecho, y nada.
Durante el esplendor de la ciudad de Po, actores piadosos se
propusieron tomar el lugar de personas que habían muerto. Al principio
sustituían a los fallecidos recientes, con tanta premura que los
familiares del finado ni se enteraban. Más tarde intentaron el regreso
de los antepasados. Padres, abuelos y tíos volvían a las casas
familiares con el esplendor de su edad más gloriosa. Como podrá
entenderse, la emoción de los parientes no era mucha, o en todo caso era
fingida, ya que el lugar de los deudos estaba ocupado por personas
extrañas.
Un día, las autoridades de la capital resolvieron emplear todo el rigor del poder en la ciudad de Po.
El príncipe Wu, heredero del trono, al mando de cinco mil soldados,
se presentó con gran aparato de tambores, trompetas y estandartes.
Todos se alojaron en un lujoso palacio. Las puertas estaban
rigurosamente vigiladas para impedir que se filtraran disfrazados
locales en la delegación de Chang An. Sin embargo, a los pocos días, el
príncipe ordenó a sus mayordomos que condujeran ante su presencia a la
mujer más hermosa de la ciudad de Po, con el fin de saciar su lujuria.
Muy pronto los servidores arrastraron hasta sus aposentos a Ta-Sing, una
joven aristócrata a la que todos consideraban la más bella. Una vez
cumplidos los trámites amorosos ella le juró que era la única persona en
la ciudad que nunca se había disfrazado, pues creía que cada ser
era único e irremplazable y que hasta el más humilde tiene una
función precisa en el plan de los dioses. El príncipe le creyó y le
prometió que al día siguiente ordenaría a todos los habitantes de la
ciudad que regresaran a su entidad original, con sus correspondientes
nombres, domicilios y oficios.
Hay que decir que aquella orden casi no pudo cumplirse: nadie
recordaba el turno de las distintas personas que había sido. ¿Cómo
saber si el comerciante precedió al bombero o si el adiestrador de peces
vino después del orfebre?
Pero además del olvido, el pueblo no deseaba interrumpir la serie de
sus disfraces. Y hubo una conspiración. Una noche, mientras el príncipe
honraba el delicioso cuerpo de Ta-Sing, un grupo de rebeldes tomó la
apariencia de su guardia personal y lo tomó prisionero. Enseguida, uno
de los sediciosos ocupó su lugar. Se trataba del joven capitán Ho-Chi, o
tal vez de su padre el coronel Hi-Chi, aunque algunos prefirieron creer
que era Li Chan Po, un marino del Yang Tzé. Este hombre revocó las
órdenes, dispuso la ejecución de los soldados de Chang An y marchó él
mismo a la capital escoltado por una muchedumbre de disfrazados.
Allí nadie advirtió la impostura, ni siquiera el propio Hijo del
Cielo, cuya sagacidad es ley de la naturaleza. El falso príncipe Wu y
sus secuaces informaron que la ciudad de Po había retomado la vieja
regularidad de un destino por persona y sugirieron que —a modo de
premio— se eximiera a aquella población de todo tributo o impuesto
imperial. El emperador accedió a tales solicitudes sin objeción alguna.
Mientras tanto en la ciudad de Po, quien fuera antes el príncipe Wu
era ahora un sirviente, casi un esclavo, que cumplía las más
deshonrosas comisiones. A menudo lo azotaban, especialmente cuando
trataba de dar órdenes a los oficiales que lo cruzaban en la calle. Así
pasaron años, hasta que un día, ya como mendigo, se encontró con la
hermosísima Ta-Sing.
—Oh, tú, que viviste noches memorables desordenando mi lecho de
príncipe. Reconóceme en virtud de tu amor y dile a todos que cada uno es
el que es y que la Máscara sólo engaña a la percepción banal de los
necios.
Ella le respondió con desdén.
—Aléjate, oh, tú, habitante de esta ciudad de gentes fugaces. El
príncipe cuya fogosidad aún conmemoran mis entrañas está en la capital y
pronto volverá para cumplir los designios de los dioses.
El mendigo tomó la mano de Ta-Sing y le dijo:
—Ahora sentirás la energía que sólo prospera al contacto con la
persona amada. ¿Sientes mi amor? ¿Oyes el rumor de mi sangre
torrentosa?
—No. No siento nada.
Pasaron los años. El emperador murió. Ho-Chi, o su padre Hi-Chi, o el
marinero Li Chan Po se sentaron en el trono del celeste imperio. La
dinastía Han extendió su poder a través de gobernadores y funcionarios
disfrazados hasta que toda la China fue territorio de imposturas. Una
tarde, Ta-Sing llegó hasta Chang An y pidió ser llevada ante el Hijo del
Cielo. Luego de meses de antesalas fue conducida a los salones privados
del emperador y, después de las prosternaciones legales, dijo:
—Soy Ta-Sing, la que te amó en Po. La que cree como tú que no se puede ser otro. ¿Me reconoces?
El emperador respondió:
—No. Nadie recuerda lo que sucedió hace tanto tiempo. El universo es creado cada cinco minutos.
Ta-Sing regresó a Po y, ya perdida su fe, dejó que el tiempo y el destino la convirtieran en otras personas.